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martes, 14 de enero de 2014

Romano Guardini: la aceptación de sí mismo



Se va haciendo habitual que durante el periodo de vacaciones quede suspendida la actividad de este blog. Aunque en los días de descanso  uno queda liberado de las obligaciones laborales, en mi caso, sin embargo, durante esas fechas quedo absorbido por las responsabilidades familiares. Los cuatro niños y el quinto que en breve estará con nosotros requieren todo mi tiempo y atención. La vuelta a la vida ordinaria es para mí la vuelta a la vida académica y uno de los elementos que la compone es este blog. Así que, aquí estamos de nuevo. El tema que quisiera abordar las próximas semanas es el papel de la creación, como ya anunciamos, en el pensamiento de Romano Guardini. Voy a empezar por un ensayo muy querido para mí que lleva por título La aceptación de sí mismo (Lumen, Buenos Aires, 1960).

Quisiera empezar con una intuición personal que se podría expresar con la siguiente afirmación: El hombre de hoy no está en paz consigo mismo. Hay una una rebeldía que no consiste ciertamente en un legítimo deseo de  superación personal, es decir, en responder de la mejor forma posible a la vocación a la que uno se siente llamado en lo personal, en lo familiar o en lo profesional . Se trata más bien de una rebeldía que se origina en el individuo al no aceptarse a sí mismo. El occidental del siglo XXI, es una opinión personal,  no quiere ser lo que es. Pero ¿qué significa aceptarse a sí mismo?

Intentemos responder a este interrogante yendo a las raíces. Aceptarse a sí mismo significa en primer lugar reconocer que yo no he decidido existir sino que me he encontrado existiendo. Que esta decisión por mi existencia no se encuentra ni siquiera en mis padres, pues ellos no me pensaron ni me diseñaron, no determinaron mi personalidad ni corporalidad, sino que se dispusieron generosamente a recibir una existencia que les fue confiada a su responsabilidad. No sabían de mí, fueron descubriendo quien era a la par que crecía junto a ellos. Aceptarse a sí mismo significa pues "(...) que en el inicio de mi existencia hay una iniciativa, alguien que me ha dado a mí" (La aceptación de sí mismo, 20) . Esta decisión por mi existencia no es genérica, como un individuo más de la especie humana, " (...) sino como este hombre: perteneciendo a este pueblo, a este tiempo, a este tipo y a estas condiciones. Hasta esas últimas determinaciones que no existen en absoluto más que una vez, esto es, en mí: esa última peculiaridad que hace que me vuelva a reconocer a  mí mismo en todo lo que hago, y que se expresa en mi nombre" (La aceptación de sí mismo, 20). Alguien, más allá de la voluntad de mis progenitores,  ha querido que existiera yo aquí en este lugar, y ahora, en este tiempo.

Aceptar esto no es fácil. En otro momento nos detendremos en el rechazo cultural y filosófico ante esta concepción. Bastenos señalar ahora que la aceptación de sí mismo resulta problemática por supone un deber, una tarea: "debo querer ser yo realmente, y sólo yo. Debeo ponerme en mi yo, tal como es, asumiendo la tarea que con eso me está propuesta en el mundo" (La aceptación de sí mismo, 20). Esta es la primera vocación, es decir, aceptar e intentar realizar todo aquello que estoy llamado a ser aquí y ahora. Cuando al inicio de esta entrada decía que el hombre de hoy no está en paz quería signifcar que huye de sí mismo, que intenta evadirse de su realidad, y no sólo  la  circunstancial,  sino de sí en cuanto tal, de su finitud y de sus límites, que quiere re-crearse, re-invertarse cuando quizás debiera recibirse.

Jean Paul Sartre
El existencialimo filosófico del siglo XX ha afrontado este problema antropológico subrayando de alguna manera la finitud de la existencia humana. Ha afirmado que la muerte la amenaza con la nada. De esta conciencia surge la angustia de la que dice Guardini lo siguiente: "La filosofía de las últimas décadas ve en ella (la angustia) la autopercepción del ser finito en cuanto tal, que se siente acosado por la nada. Es inseparable de la conciencia de ser, más aún, idéntica con ella; ser significa estar en la angustia" (La aceptación de sí mismo, 28). Todo esto nos recuerda al pensamiento de  Martín Heidegger y a los escritos de Jean Paul Sartre.  En la estela de estos filósofos Albert Camus  en El mito de Sísifo: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía". Sin embargo esta finitud puede ser aceptada y vivida de otro modo: desde la fe. Y desde esa actitud escribe Guardini en relación al suicidio:  "La auténtica valentía significa saber que se está puesto en un lugar, no por el pequeño o gran jefe de cada caso, sino por el Señor de la vida, Dios; y por eso no cabe apartarse hasta que El mismo le llama a uno a retirarse. Esto es lo que empieza a dar su seriedad a toda acción y riesgo" (La aceptación de sí mismo, 21).

Hay que terminar, en un blog uno no puede extenderse tanto. Cuanto quería decir es que aceptarse a sí mismo es aceptarse como creatura de Dios:
"(...) darse cuenta religiosamente de que mi principio está en Dios. Digámoslo mejor: en la voluntad de Dios, dirigida hacia mí, de que he de ser, y ser el que soy. Y a su vez, la piedad significa recibirse constantemente desde esa voluntad de Dios. Ese es el principio y fin de toda sabiduría. La fidelidad a lo real. La limpieza y decision de ser uno mismo, y por tanto, la raíz del carácter. La valentía que se sitúa ante la existencia y precisamente así se alegra de esta existencia. Es bueno volver siempre a tomar nueva conciencia de esa Carta Magna del existir" (La aceptación de sí mismo, 27).

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