Ya
al final de Las edades de la vida (Ética. Lecciones en la Universidad de
Munich, BAC, Madrid, 2000, Apartado Cuarto, Capítulo III, 441-490),
Guardini comenta qué sentido y valor puede tener la vida de la persona enferma
y qué puede aportar a la sociedad. Concretamente escribe:
“Henos
aquí ante la cuestión radical de cuál es el significado del hombre enfermo,
desvalido, incapacitado para trabajar, en el conjunto de la vida, etc. Si se lo
considerase como algo negativo, como mero obstáculo o perjuicio, entonces la
fórmula nacional socialista tendría razón. Pero no la lleva, pues la verdad es
que el enfermo es, antes que nada y esencialmente, un hombre, un hombre en
estado de enfermedad, y tiene derecho, sin limitación alguna, a todo lo que se
debe a la persona. Y entonces –y esto nos interesa especialmente en este punto-
se convierte en objeto de responsabilidad para los sanos, ya que nadie se basta
por sí solo, sino que todos dependemos unos de otros. Es más, el enfermo es
para el sano ocasión de una especial prueba.
Más
aún, podemos decir que la persona que no puede valerse o no puede valerse del
todo por sí misma, guarda al sano de un gran peligro: el egoísmo y la
petulancia de la salud y de la fuerza” (Ética.
Lecciones en la Universidad de Munich, 489).
La
idea expresada en las últimas líneas siempre me ha llamado la atención. Y digo
siempre porque la he encontrado en varios lugares. En este momento me referiré a dos: en primer
lugar a El derecho a la vida humana en
gestación (en Preocupación por el hombre, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1964, 161-194. Usaremos esta edición) y en segundo lugar al texto de la Ética. Con respecto a la conferencia El derecho a la vida humana en gestación (por cierto, acaba de
publicarse una nueva traducción El derecho a la vida humana que está haciéndose en Escritos políticos, Palabra, Madrid, 2011, 143-172) al hablar de tarea y
misión del médico dice:
“(…)
Defiende el derecho del enfermo contra la brutalidad de los sanos. Y defiende
el derecho del ser humano en gestación contra el egoísmo de los adultos;
incluso el egoísmo debido a la necesidad. Ello implica una integridad apoyada
en la clara visión de la esencia del hombre y la absoluta obligación respecto a
su dignidad” (El derecho de la vida
humana en gestación, cit., p.189).
En
el mismo texto de la Ética. Lecciones en
la universidad de Munich, encontramos al tratar de la persona el siguiente
texto:
“Y no olvidemos
tampoco los siguiente: que gracias a ella las instancias mismas del poder se
encuentra protegidas de sí mismas, de las coacciones y de demonios de su propio
ser. Sin el contrapeso de la personalidad de cada hombre y su inviolabilidad,
las propias estructuras de poder se derrumbarían. Bien
mirado, los enfermos, los disminuidos, los desamparados son los protectores de
los sanos, porque los preservan del orgullo exacerbado y de la barbarie, que se
encuentran como posibilidad en el sano y fuerte” (Ética.
Lecciones en la universidad de Munich, 165).
Guardini
señala que el enfermo preserva al sano de la tentación de la soberbia, del
poder despótico, del egoísmo en la que puede caer quien goza y disfruta de una
salud enérgica que le proporciona fuerza y poder. Romano Guardini vivió lo que él denomina en sus escritos a “los
doce años de barbarie”, es decir, los años en los que Alemania estuvo bajo el
poder del nacional socialismo. Lo que pudo contemplar en aquellos años influyen
decisivamente en las ideas que estamos comentando. De hecho, se refiere en
ocasiones explícitamente a ello.
“Últimamente,
en los Doce Años, se dio un paso atrás. El viejo se convirtió de nuevo en algo
negativo. Una obtusa filosofía de la vida se alió con el utilitarismo
colectivista para tratar de justificar aparentemente todos los instintos criminales
de los que se hablaba. Y así de nuevo se mató a los ancianos (igual que a los
incapacitados para trabajar y a los enfermos incurables)” (Ética. Lecciones en la universidad de
Munich, 489).
Por
ello, Guardini señala que el cuidado de los desvalidos y de los enfermos es la
prueba de fuego para un individuo o una sociedad en relación a su madurez
humana y al respeto de la persona. Y esto en todas las fases de la vida
humana. Tanto al inicio
“(…)
la auténtica madurez moral se decide en ver si, por el hecho de que el aspecto
humano del embrión, disminuye cada vez más cuanto más atrás se mira, uno se
siente llevado a no considerarle ya como ser humano, o si, por el contrario,
uno protege su humanidad aún velada por la vigilancia de la conciencia” (El derecho de la vida humana en gestación,
189).
Como
en cualquier otra etapa de la vida humana,
“¿No es, por ejemplo, lo profundamente correcto
y debido que una persona enferma se vea asistida sanitariamente, aunque no sea
útil para nadie y represente una carga para los demás?, ¿qué un niño demente
sea debidamente criado aunque solo signifique costes y no vaya a producir nada?
Las lesiones o incluso las muertes mismas sufridas por observancia de la norma
ética, por respeto a la persona y a su
dignidad ¿no son, precisamente, los momentos decisivos en que se pone de
manifiesto si las personas concernidas han comprendido que significa ser
hombre, las ocasiones de realizar el sentido de la propia existencia? Parece como si
progresivamente se fuera haciendo sitio una concepción no trágica de la
existencia” (Ética. Lecciones en la
universidad de Munich, 174).
Estas palabras de Guardini siguen teniendo actualidad y creo que es bueno recordarlas porque algunas de las situaciones que hoy estamos viviendo se refieren directamente a ellas.