Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta Etica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Etica. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de septiembre de 2013

La ascesis (V): lo más alto no se da sin lo más bajo

Frecuentemente en mis clases cuando abordo el tema de la libertad suelo decir a mis alumnos lo siguiente: el animal no puede no querer aquello que apetece. Es decir, en el mundo de los animales la voluntad se reduce a las apetencias. Querer y apetecer se identifican. En el ámbito humano no sudece así: puede apetecerme comer ahora pero decido y quiero no hacerlo porque no es ni el momento, estoy asistiendo a una clase, ni tampoco el lugar, me encuentro en un aula de la universidad. Cuando un animal tiene hambre y se le ofrece comida no puede no comer hasta saciarse; cuando un ser humano maduro y responsable tiene hambre y se le ofrece comida puede perfectamente rechazarla por diversos motivos: se encuentra a dieta o no es el momento ni el lugar como antes señalábamos. Querer y apetecer en el ser humano no se identifican. La renuncia a las satisfacción de los apetitos, no para reprimirlos, pero sí para darles un orden, sentido y mesura es otro de los nombres que recibe la ascesis: "La forma más simple de la ascésis es la renuncia" (Ética. Lecciones en la universidad de Munich, BAC, Madrid, 2000, 307).

Los apetitos, es decir, las tendencias a la realización de algo pueden tener diversa naturaleza. Pueden estar ligadas plenamente al ámbito  sensible, como en el ejemplo anterior, pero pueden tener su raíz en otra clase de pasiones: así puede apetecer apropiarnos de lo ajeno o desear un mal al prójimo. También en estas situaciones la voluntad humana puede rechazar y renunciar a sastifacer aquello a lo que en un primer lugar se tiende.

Todo lo anterior es de todos conocido y en este sentido el pensamiento de Guardini no aporta ninguna novedad. Donde quizás sí nos sorprenda es en el siguiente elemento, del que quizás tenemos noticia, pero sobre el cual en pocas ocasiones se piensa. Guardini afirma que la energía vital en el hombre se da en tres niveles: biológico (instintos), psicológico (pasiones) y espiritual (ansia de conocer, crear, amar, etc). Nuestro autor subraya que la energía empleada en un nivel va en menoscabo de los otros. Así, quien viva volcado en los instintos o pasiones no tendrá fuerza para dar respuesta a las tendencias espirituales, y viceversa, entregarse enérgicamente al mundo del espíritu supone dejar de alimentar la esfera biológica o psíquica tal como la hemos descrito antes. Con palabras de Guardini: 
"La persona que quiere crecer, alcanzar redimientos superiores y una forma de existencia más noble, renuncia a la satisfacción inmediata con el fin de ahorrar energías en lo inferior y poder orientarlas hacia lo más elevado. (....) Es un fenómeno conocido por la sabiduría de todos los tiempos: no puedes tenerlo todo; tienes que elegir; puedes alcanzar lo más elevado si renuncias -en una medida que la experiencia y la prudencia enseñan- a lo de más abajo. La vida del hombre que vive dignamente está plagada de estos fenómenos de transposición a niveles más altos. Lógicamente, en este aspecto pueden darse también casos enfermizos; podemos encontrarnos con conciencias para las que la vida no consista más que en deberes, rendimientos y espíritu. Se necesita por tanto, mesura, prudencia. En esto consiste, precisamente, buena parte de lo que llamamos sabiduría." (Ética. Lecciones en la universidad de Munich, 315).
Subraya Guardini la prudencia y medida con la que se ha de realizar este travase de  niveles. Esto me ha hecho recordar un texto que frecuentemente uso en mis clases. De alguna manera alcanzar lo más alto no se puede dar sin renunciar a lo más bajo, pero también hay que tener en cuenta, como decía C.S. Lewis en su libro Los cuatro amores (Rialp, Madrid, 2005) que lo más alto no se puede dar sin lo más bajo aunque sirva tan sólo de mero apoyo o sostén. Y así, antes de abordar el afecto, la amistad, el amor erótico y la Caridad inicia su libro con un capítulo dedicado al placer (gustos y amores por lo sub-humano).

lunes, 2 de septiembre de 2013

Ascetismo II: año y medio de blog y siete de matrimonio

Mi querido amigo Álvaro Abellán celebra estos días el primer aniversario de su blog Dialogical Creativity. Blog más que recomendable para todos aquellos interesados en la filosofía dialógica y en el pensamiento creativo de Don Alfonso López Quintas en cuya estela podemos situar a mi querido amigo, colega y ex-alumno Álvaro. Este aniversario ha hecho que saque de la carpeta de  borradores esta entrada, que pensé editar el pasado mes de abril pero que no sé porque razón no llegué a redactar y publicar. A la vuelta de vacaciones, después de un mes de inactividad bloggera, quisiera recordar a todos los que siguen este blog que llevamos más de sesenta entradas en alrededor de año y medio y que esperamos mantener esta ventana abierta mucho tiempo.

Y quisiera retomar nuestro discurso donde lo dejamos: en el ascetismo. Decíamos hace un mes que era necesario para ordenar todas las tendencias sensibles de modo que éstas sirvieran a la construcción y perfeccionamiento de la persona humana. Pero éste no es el único ámbito donde debe aplicarse el ascetismo. Hay que ordenar también otras áreas de la vida personal, por ejemplo, los valores. También habla Guardini que el ascetismo juega un papel relevante en el orden que debe reinar en las tendencias espirituales ya que éstas son decisivas en la construcción de la propia personalidad: 
"Así, existe el impulso de adquirir influencia, prestigio y poder en todas su formas. Hay tendencia a la sociedad y la comunidad, a la libertad y la educación. Hay tendencia al saber y a la actividad artística, y así sucesivamente. Como se ha dicho, todas las tendencias tienen su importancia como impulsos que sustentan la afirmación propia del hombre y su despliegue propio; pero también tienen la tendencia a la desmesura, a poner la vida propia fuera de relación con la de los demás hombres, actuando así de modo intranquilizador o destructivo. 
Así se hace también necesaria una constante autodisciplina, cuyos puntos de vista están determinados por la doctrina moral y la sabiduría vital, y esa disciplina se llama ascetismo" (Una ética para nuestro tiempo, Ediciones Cristiandad,  Madrid, 2002, 219).
También las relaciones humanas necesitan de algún modo someterse a un orden. Sobre todo porque algunas de ellas implican una responsabilidad grave con el otro. Ya no sólo hablamos de la misma paternidad o maternidad, donde uno renuncia constantemente en favor del otro u otros alcanzando de este mismo modo su propia plenitud personal. El mismo matrimonio, que trae Guardini a modo de ejemplo, también es manifiestación de ello. Guardini lo explica así: 
"En realidad, el auténtico matrimonio es estar unidos en la existencia; es ayuda y fidelidad. Matrimonio significa que uno lleva las cargas del otro, como dice San Pablo (Gál 6,2). Así que sobre él debe velar la responsabilidad nacida del espíritu. Una vez y otra debe uno aceptar al otro como el que es; debe renunciar a lo que no puede ser. Debe prescindir de las embusteras imágenes de cine que destruyen la realidad del matrimonio y saber que tras el encuentro mutuo del primer amor empieza la tarea de veras. Que el auténtico matrimonio, pues, sólo puede existir por autodisciplina y superación. Entonces se hace auténtico, capaz de producir vida y entregar vida al mundo." (Una ética para nuestro tiempo, 221).
Quienes vivimos la realidad matrimonial sabemos de la profunda de verdad de estas palabras. Hoy, hace siete años, inicié con mi mujer ese camino. Damos gracias a Dios por los cuatro hijos que nos ha dado y el quinto que está en camino. A ellos, que no me han dejado tiempo este verano para escribir en el blog, y sobre todo a mi mujer, Patricia, va dedicada esta entrada.

lunes, 29 de julio de 2013

Guardini: ascetismo y plenitud de vida humana

Una ética del poder, es decir, un recto uso y dominio de las posibilidades técnicas que nos ofrece el avance científico, presupone antes el dominio del hombre sobre sí mismo. Dominar las cosas rectamente exige antes dominarse humanamente. Para ello, decía Guardini en un texto que citamos la semana pasada, el hombre debe volver a la ascésis. Y este el tema que quisiera abordar hoy. Vuelvo, por ello,  a retomar un libro al que le hemos dedicado varias entradas en este blog: Una ética para nuestro tiempo, Ediciones Cristiandad,  Madrid, 2002. Allí aparece un capítulo dedicado al ascetismo que será el hilo conductor de nuestras reflexiones. 

Lo primero que debemos afrontar es la mala fama que arrastra el término desde hace siglos. Ascetismo parece evocar una perspectiva vital oscurantista, enemiga de la vida y del mundo. Dice Guardini:  "Hubo un tiempo en que se hablaba no sólo con aversión, sino con irritación, sobre todo lo que se llama ascetismo, como si se tratara no sólo de algo torcido, sino innatural y perjudicial" (Una ética para nuestro tiempo,213).  Pero este modo de considerarla procedía de una visión vitalista, en el sentido más nietzcheano del término, y con ello  de "(...) un falso concepto de la vida; dicho con más exactitud, del modo como crece y se hace fecunda." (Una ética para nuestro tiempo, 214).  Efectivamente, no sólo desde un punto de vista popular, sino también como contenido de la filosofía de algunos de los autores más relevantes del siglo XIX y XX, el desarrollo de la vida humana debería asemejarse al modo como alcanzan su plenitud vital los animales. ¿Cuál es ese modo? El animal sigue y da cumplimiento a sus tendencias. La vida humana alcanzaría su punto álgido en la medida que quedaran satisfechas, como en el mundo animal, sus tendencias sensibles muchas de ellas de carácter instintivo. Sin embargo, en el hombre este tipo de tendencias tienen otro dinamismo y juegan un papel parecido pero distinto. La presencia del espíritu las transforma, no en el sentido que las elimina, todo lo contrario, al caer los instintos bajo el dominio del espíritu pueden quedar potenciados perdiendo el orden, sentido y mesura que encontramos en el mundo animal. De este modo: 
"Ningún animal sigue la tendencia a la alimentación de la misma manera que el hombre, que convierte el placer en objetivo por sí mismo y se daña a sí propio. En ningún animal alcanza la tendencia sexual una desmesura y arbitrariedad como en el hombre, que se deja arrastrar por ella a la destrucción de la vida y el honor. Ningún animal tiene tal gusto por matar como el hombre, cuyo belicismo no tiene ninguna auténtica correspondencia en el reino animal." (Una ética para nuestro tiempo, 215).
Las tendencias sensibles en el hombre quedan potenciadas pero sin el orden que le impone la naturaleza de la propia vida animal donde están arraigadas. Precisamente porque quedan desprotegidas el hombre puede también ordenarlas bajo el imperio político del espíritu. Estas tendencias no están llamadas a agotar la vida del hombre, sino a conducirle a su plenitud vital como hombre, como vida humana y personal y no meramente animal. Quedan perfeccionadas por el espíritu que las eleva y conduce a cotas que jamás alcanzarían por sí solas en la naturaleza meramente salvaje de las que proceden. Así el instinto sexual se transforma en amor esponsal, la alimentación en un modo de compartir los propios bienes y en un encuentro personal, etc. Desde esta perspectiva es donde debemos indagar el significado y sentido del ascetismo . Guardini dice: "Ascetismo, en cambio, significa que el hombre se decida a existir como hombre. De ahí surge para él una necesidad que no existe en el mundo animal,a saber: mantener sus tendencias en ordenación libremente querida y superar la propensión a la desmesura o a la mala realización (Una ética para nuestro tiempo, 217).  Ahora podemos entender también lo siguiente: 
"La motivación del auténtico ascetismo no reside en tal combate contra la vida de las tendencias, sino en la necesidad de ponerlas en el orden adecuado. Éste está determinado por lo más diversos puntos de vista: las exigencias de la salud, la atención a los demás hombres, las obligaciones respecto a la profesión y al trabajo. Cada día se presentan nuevas exigencias de mantenerse en orden a sí mismo, y eso es ascetismo. Esa palabra -del griego askesis- significa ejercicio, entrenamiento, ejercicio en la correcta orientación de la vida" (Una ética para nuestro tiempo, 218).
Cuanto hemos desarrollado sólo abarca el primer nivel de ascetismo. No solamente hay que ordenar tendencias sensibles. Existen también las tendencias espirituales y valores que exigen un orden que se alcanza ascéticamente. De ello hablaremos la próxima semana.




lunes, 22 de julio de 2013

El hombre y la técnica III: una ética del poder


“El hombre de la Edad Moderna opina que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad de bienestar, de energía vital, de plenitud de valores. (...) Ahora bien, un análisis más riguroso pone de manifiesto que en el transcurso de la Edad Moderna el poder sobre lo existente, tanto cosas como hombres, crece ciertamente en proporciones cada vez más gigantescas, en tanto que el sentimiento de responsabilidad, la pureza de la conciencia, la fortaleza del carácter, no van en absoluto al compás de ese incremento; pone de manifiesto que el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto; más aun que en gran medida incluso falta la conciencia del problema, o bien se limita a ciertos peligros externos, como los han hecho su aparición en la guerra y son discutidos por los medios de comunicación.” (El ocaso de la Edad Moderna, en Obras. Vol. 1, Ediciones Cristiandad, Madrid 1981,94)
El texto que acabamos de leer nos expone claramente el problema que hoy quisiéramos abordar. El hombre, lo vimos la semana pasada, está llamando al ejercicio del poder, pero no de una manera autónoma e independiente, sino en un marco de referencia ético que lo norme y que lo guíe, en definitiva, que lo humanice. Este marco ético falta en el ámbito de las ciencias émpíricas y de la técnica que de éstas surge. DE ahí que se identifique espontáneamente todo avance o posibilidad técnica y científica como progreso humano, lo cual es cuestionable. Pero lo más grave es que no hay conciencia del problema. Todo el mundo sueña y cree que sería capaz de usar el poder que le fuera otorgado de una manera correcta y ordenada. Sin embargo, el hombre moderno, no está preparado para ello. Es como un adolescente que ha heredado una inmensa fortuna. ¿Qué uso le dará?  Es un hecho que llama especialmente la atención, porque en otras épocas de la historia no fue así:
 “La Antigüedad era muy consciente de este peligro. Veía la grandeza del hombre; pero también sabía que éste es muy vulnerable en todo su poder, y que su existencia depende de que sepa conservar la mesura y el equilibro. Para Platón, el tirano, es decir, el poseedor del poder que no está ligado por la veneración de los dioses y el respeto a la ley, constituyen una figura de perdición. La Edad Moderna ha ido olvidado cada vez más este saber. Lo que ocurre en ella –el hecho de que se niegue toda norma que esté por encima del hombre, se considere el poder como autónomo, se determine su empleo únicamente por la ventaja política y la utilidad económica y técnica- es algo que carece de precedentes en la historia.” (El poder una interpretación teológica, en Obras. Vol.1 Ediciones Cristiandad, Madrid, 1981, 224).
 ¿Cómo  encauzar esta sitaución? Nuestro autor ofrece tres pautas. En primer lugar el hombre, ante todo, debe tener dominio de sí mismo para luego poder tener dominio sobre las cosas. Es decir, habría que retomar el camino de la ascética
 “(...) debemos volver a aprender que el dominio sobre el mundo presupone el domino sobre nosotros mismos; pues, ¿cómo podrán dominar los hombres la inmensa cantidad de poder de que disponen, y que aumenta constantemente, si no son capaces de formarse a sí mismos? ¿Cómo pueden tomar decisiones políticas o culturales, si fracasan continuamente con respecto a sí mismos? (...) La ascética significa que el hombre se domina a sí mismo. Para ello necesita conocer lo que en su propio interior es injusto, atacarlo de manera efectiva. Tiene que ordenar sus instintos físicos y espirituales, lo cual no es posible sin dominarse a sí mismo" (El poder una interpretación teológica, 255-256)
 En segundo lugar debemos volver a la metafísica, es decir, a una reflexión profunda sobre lo que son las cosas y el sentido que tienen en la existencia humana, para ejercer sobre ellas un uso adecuado y no un abuso desmesurado: “(...) debemos plantear de nuevo la pregunta elemental por la esencia de las cosas. Un examen superficial nos muestra ya que las tomamos de una manera esquemática, determinándolas por convenciones y manejándolas desde los superficiales puntos de vista de la ventaja, la comodidad o el ahorro de tiempo” (El poder una interpretación teológica, 255). Especialmente, esta reflexión metafísica hay que dirigirla sobre la persona misma: ¿qué es ser persona? ¿qué implicaciones tiene? ¿dónde se funda su dignidad? 

En tercer y último lugar debemos imitar la actitud de Dios en relación al poder. ¿Cómo se comporta el Todopoderoso en el ejercicio de su poder? ¿Qué actitud le carcteriza? La humilidad y el servicio. El poder para el cristiano es la posibilidad de servir más y mejor y no la ocasión de dominio y subyugación. El primero es siempre el último. Eso es lo que vemos en el hecho mismo de la Encarnación y en la vida de Jesús de Nazareth: “Si se examina la situación en la que Jesús vivió, la manera como se desarrolló su actividad y se configuro su destino, su forma de tratar con los hombres, el espíritu de sus actos, de sus palabras y de su actitud, se ve cómo el poder se presenta constantemente bajo la forma de la humildad" (El poder una interpretación teológica, 192).




 

domingo, 30 de junio de 2013

Romano Guardini: La interioridad o el alma del hombre (III)

Hemos hablado del silencio, de la soledad y del descanso como elementos configuradores de la interioridad humana, es decir, de aquello que denominamos alma. Todo ello a partir de cuanto dice Guardini en la carta VIII de su libro Cartas sobre la formación de sí mismo. Nos queda por abordar un último elemento, la espera, a la que dedicaremos hoy nuestras reflexiones.

La lectura de Guardini me ha enseñado que todo lo vivo no se produce, es decir, no se hace, sino que surge y cada uno de sus elementos tiene el momento y el tiempo adecuado para manifestarse. La espera es la condición de posibilidad del desarrollo y evolución de lo vivo. El alma humana, la persona humana está viva y por ello en ella debe reinar la espera, es decir, en ella todo tiene un tiempo. El hombre de hoy, envuelto en las tecnologías de lo inmediato, es incapaz de vivir la espera, identifica la máquina con el ser vivo, lo automático con lo espontáneo, la fría planificación con la evolución y el desarrollo. Pero en cada uno de estos ámbitos rigen leyes muy distintas. Además, lo realmente valioso y auténtico tiene su tiempo de maduración y hay que saber esperar. 
"Hay personas que no son capaces de percibir la ley profunda conforme a la cual va surgiendo todo lo que es auténtico. Piensan que se puede hacer todo. Piensan que se puede decir todo, leer todo, hacer todo, disfrutar de todo. Y que cada uno puede hacerlo en todo momento. Las personas que esperan saben que esa es una actitud plebeya. Conocen la profunda verdad de que todo tiene su tiempo, como dice el libro del Eclesiastés" (Cartas sobre la formación de sí mismo, 140).
 Ahora bien, la espera no supone la inacción, sino actuar en el momento adecuado, cuando la ocasión lo requiere, pero mientras llega ese momento hay que saber esperar. De otro modo, la vida no se desarrolla según sus propias leyes y es fácil echarla a perder por quemar etapas. Todo esto supone una humildad y confianza en Dios de la que habitualmente carecemos. 
"El hombre que espera sabe que lo más profundo, lo mejor, no se puede producir, sino que surge. Dios lo crea, y la naturaleza, su sierva. A los dos hay que dejarles sitio para que actúen. También esto forma parte del significado de saber esperar. Ciertamente, nada surge solo; no nos está permitido quedarnos mano sobre mano, cada cosa a su momento, la palabra recta, la obra recta. Entonces prospera y da buenos frutos. A ese momento preciso es a lo que hemos de estar atentos, y eso implica saber esperar." (Cartas sobre la formación de sí mismo, 140-141).

Sólo espera el que está en paz, el que no vive solicitado ni seducido por el tráfico de lo fugaz y pasajero, de lo inmediato y lo caduco. ¡Cuántas cosas fuera de su tiempo y también de su lugar! Esto en la educación es de vital importancia. El ser humano está en evolución ¿No percibimos como a veces se fuerza y se aceleran los aprendizajes, las habilidades y actitudes que queremos que adquieran nuestros hijos? Y qué insistencia tan pertinaz como alocada de introducir a los adolescentes e incluso niños en el ejercicio de la propia sexualidad, siempre con el argumento de que es lo natural ¿seguro? Consecuencia de toda está impaciencia es la destrucción de la esencia de las cosas, pues al romper las fronteras temporales que las delimitan  se quedan sin el contorno que las configuran y se vacían de contenido.

 Por último señalar que también la espera con la acción oportuna tiene la estructura de un contraste.
"Ya ves, una vez  más, que saber esperar y la acción decidida son dos caras de la misma moneda. La espera permite que la acción venga en el momento correcto, que esté rodeada del entorno adecuado, que  despliegue toda su fuerza y alcance su meta. La espera permite que tenga lugar una acción, cosa distinta de que meramente pase algo. Estamos de nuevo ante la respiración de la vida, cuyos movimientos alternativos son la actitud expectante y la acción decidida." (Cartas sobre la formación de sí mismo, 142).

Hasta aquí el comentario de los cuatro elementos configuradores del alma: silencio, soledad, descanso y espera. Pero Guardini no concluye aquí sus reflexiones. Dice que este es el punto de partida para entender y vivir realidades como la pobreza evangélica, la paz de los hijos de Dios, el sacrificio, la virginidad o el verdadero sentido del descanso dominical. Vale la pena leer esas últimas páginas de la carta VIII de Cartas sobre la formación de sí mismo donde además analiza el mundo moderno y lo lejos está cuanto ha propuesto en páginas anteriores.


(Sobre el volumen que estamos tratado Cartas sobre la formación de sí mismo  y para introducir al lector sobre el contenido del mismo se puede ver esta reseña de Raquel Guerrero Villada ). 

lunes, 20 de mayo de 2013

Educar en Romano Guardini (III). El ambiente educativo y la confianza

En los últimos quince días hemos hablado acerca de algunos elementos y presupuestos de todo acto educativo a la luz del pensamiento de Romano Guardini. Hoy empezaremos a examinar, siempre desde las ideas del protagonista de este blog, el acto pedagógico en cuanto tal. Éste supone muchos y variados elementos de los que quisiera centrarme tan sólo en los siguientes: el ambiente, la formarción y el ejemplo. Dedicaremos esta entrada al primero: el ambiente educativo.

Uno de los elementos más importantes del proceso educativo es el ambiente en el que éste se desenvuelve, es decir, la atmósfera o el entorno en el que se genera el hecho educativo. Y esto supone un sin fin de  factores que van desde el mismo edificio donde se encuentra instalada una institución educativa hasta la actitud o clima que se genera entre los educadores y los educandos. Ese clima está constitutido por una serie de actitudes que no son fáciles de describir. Por un lado, todo alumno debe percibir un auténtico afecto y atención hacia su persona. Desde ese afecto y atención, también debe experimentar la exigencia de quien  le quiere auténticamente y le guía en el camino que debe seguir para alcanzar la plenitud humana a la que está llamado dentro de los límites y peculiaridades propias de su persona. Una vez más, aparece en la vida humana la figura con la que Guardini explica tantas realidades: el contraste. Se trata de la tensión entre dos polos que son contrarios pero no contradictorios, que se presuponen uno al otro, y generan una tensión entre ellos donde surge un aspecto de la vida humana. El ambiente educativo está lleno de contrastes entre el educador y el educando. El siguiente texto quizás pueda evidenciar cuanto queremos explicar:
"Siendo el ambiente pedagógico un conjunto de actitudes diversas, debe darse un auténtico afecto hacia la vida del educando, y a la vez una firme resolución con la que no se puede jugar, una atención continua y tranquila que, sin embargo, no está fijada, sino que deja espacio abierto, una diligencia que no se enerva, un orden que hace libres las iniciativas. Con esto se posibilita el crecimiento...." (Etica. Lecciones en la Universidad de Munich, BAC, Madrid, 2000, 699).
La característica fundamental del ambiente pedagógico debe ser la confianza que está presente de múltiples formas.  En primer lugar en el educador sobre la persona del educando. La educación no es un proceso seguro y determinado. Todo lo contrario. "El espacio pedagógico debe estar transido de la conciencia de que se trata de seres humanos, y de que por tanto el éxito es inseguro, esencialmente inseguro" (Etica. Lecciones en la Universidad de Munich, 700), por ello se requiere superar la desconfianza y el pesimismo pues de ellas, como dice Guardini, "no sale ninguna educación auténtica", y añade, "Quien no está dispuesto a percibir en el alumno la posibilidad, las buenas disposiciones que en él radican, la ocasión que va unida a toda libertad como tal, quien no se siente en situación de atreverse, ése no puede ser educador."  (Etica. Lecciones en la Universidad de Munich, 701). Cuando no hay confianza el alumno se siente tratado como un objeto. Y este ha sido un error frecuente en la educación. Esta primera confianza es la base de la siguiente que ahora analizaremos.

En segundo lugar debe existir una confianza del educando sobre su educador. La relación entre ambos no es fácil. Por un lado, señala Guardini, "el educando espera el auxilio del maduro, pues siente la propia incapcaidad e inseguridad, quiere que le enseñen el sentido de su existencia, incluso contra sí mismo. (...) Por otro lado el educando recibe al educador como un rival porque se opone a sus caprichos, a sus antojos, a sus instintos, porque cuestiona su autoconciencia oscilante, e incluso porque simplemente en la relación pedagógica es el otro" (Etica. Lecciones en la Universidad de Munich, 701). En este contraste debe sobrevivir la confianza. La experiencia debe enseñar al educador que a pesar del enfrentamiento, las posibles estrategias o infantiles trampas con las que pueda toparse, debe prevalecer la confianza.

En tercer y último lugar, debe generarse, a partir de las dos anteriores una última confianza: la confianza del educando en sí mismo y sus posibilidades. No de manera ingenua y poco realista. Esta confianza en sí mismo no es ajena a las posibilidades negativas que también pueden radicar en él: "Educar significa llevar al joven a su propia existencia, otorgarle por ende confianza en sí mismo, pero también hacerle crítico consigo mismo" (Etica. Lecciones en la Universidad de Munich, 700).

Sobre el ambiente educativo y la confianza mucho debe decirse todavía desde el pensamiento de Guardini, pero nos encontramos bajo el formato de un blog, lo cual reduce y esquematiza mucho nuestra exposición. De ahí, que por hoy demos por terminado nuestro discurso.



lunes, 25 de marzo de 2013

Romano Guardini. Comprender al otro

1. ¿Qué es la comprensión?

Hoy toca hablar de la comprensión y para empezar debemos aclarar exactamente a qué nos referimos con este término. La comprensión es el fundamento de la convivencia humana. Pero algunos dirán ¿no conviven en sorprendente armonía las hormigas, las abejas y muchos individuos de especies animales superiores? ¿No se da la comprensión en el mundo animal? No. Los animales viven juntos organizados por los instintos propios de su especie y esa "convivencia animal" está ligada a la supervivencia de la especie a través de la reproducción, de la alimentación y de la defensa en los peligros. La comprensión humana que fundamenta nuestra convivencia se da 
"Cuando la relación vital en cuestión está formada por seres en cada uno de los cuales vive una interioridad que se vela en un exterior, pero que también se expresa a la vez en él y, por tanto, puede ser leída ahí por otro ser análogo." (Una ética para nuestro tiempo, 255-256). 
Por lo tanto, se trata de alcanzar la interioridad de la persona y allí se puede llegar porque ella voluntariamente la manifiesta o porque ciertos signos exteriores de modo espontáneo y natural nos conducen a ella: "Comprensión significa entonces saber leer y escuchar lo que se pretende en el interior, partiendo de lo observado exteriormente" (Una ética para nuestro tiempo, 256).

2. ¿Cómo comprender al otro?

Dejando de lado el fingimiento, cuando el otro esconde hábilmente su interior con la finalidad de no ser realmente comprendido, existen una serie de elementos que nos ayudan en la comprensión mutua. El primero de ellos es saber descubrir lo que está detrás de una mirada, un gesto, una palabra, un comportamiento, una disposición de ánimo. A partir de lo patente entrever lo latente.  En este ir detrás debemos atender también al temperamento: 
" Por ejemplo, si alguien se pone brusco en un momento determinado, la compresión significa ver cómo ese sentimiento encaja en el conjunto de su ser. Un determinado modo de conducta indica en aquél algo diferente que en el otro. Cuando una persona tímida se pone brusca porque quiere ocultar su interioridad es algo totalmente diferente que cuando un desvergonzado se pone violento para imponer su voluntad." (Una ética para nuestro tiempo, 257).
Romano Guardini
Todo lo anterior exige una aguda mirada y una fina sensibilidad.  A ello hay que añadir la experiencia,  pero no porque en los diversos encuentros uno vaya a extraer leyes universales de comportamiento, sino porque la experiencia desarrollará en nosotros una mirada más clara y una mayor capacidad de adaptación al otro.

¿Por que hay tan poca compresión? Guardini es muy claro en su respuesta: "Eso tiene diversos motivos. Tomemos uno: que a las personas se empieza por clasificarlas en las que se soportan y las que no se sorportan. Con eso, ordenadas por el egoísmo, las personas quedan en dos grandes cajas, marcadas por adelantado"(Una ética para nuestro tiempo, 259). Claro, que esto ocurre de manera involuntaria. La compresión surge cuando supero esta fueza natural y le concedo al otro ser él mismo, sin ningún tipo de prejuicio que desvirtúe mi conocimiento. El otro tiene derecho a ello. 
"El comienzo de toda compresión reside en que el uno le conceda al otro lo que es: que no le considere con lo ojos del egoísmo; que, por interés propio, le prescribe cómo ha de ser, sino con los ojos de la libertad, que empieza por decir: sé el que eres; luego: y ahora querría saber cómo eres y por qué" (Una ética para nuestro tiempo, 328-329).
 Señala Guardini la importancia de la autocompresión desde el prójimo. Es decir, que el médico considere como lo ven sus pacientes, y el profesor cómo lo consideran sus alumnos, tan pronto como entra en el aula, explica la lección, los atiende en sus horas de tutoría. El marido tendría que considerar cómo lo contempla su mujer y viceversa. "No es fácil hacerlo así. Hay que intentarlo muchas veces; ejercitarse precisamente este verse desde otro. Si se lograr verse así, sin que el yo se meta en la mirada y enderece la imagen lo que ahí se hace visible puede ser muy desagradable, pero ayuda a la verdad" (Una ética para nuestro tiempo, 262). El fruto de todo ello no será únicamente conocerse mejor, sino sobre todo, enjuiciar mejor a los demás. 

3. La comprensión en Dios.

La creación del hombre de Miguel Angel
Como es habitual, y siguiendo ese principio que desarrollamos en la entrada El legado de Platón, hay que mirar a Dios para llegar a entender una virtud en profundidad. "¿Comprende Dios? Verdaderamente, sí que lo hace, y ¿¡cómo sobrepasa esta comrensión a toda medida humana!" (Una ética para nuestro tiempo, 262). Dios nos comprende de modo muy distinto a como lo hacen el resto de los hombres. Él nos ha creado y por lo tanto, ningún rincón de nuestro ser queda oculto a su mirada. El acto creador es el fundamento de su comprensión, pero precisamente la naturaleza de ese mismo acto creador nos une a la comprensión humana, en la medida que ésta empieza respetando el ser del otro, dejándole ser quien és. Dios al crear nos respeta, nos dejar ser lo que somos, criaturas libres. 

Pero el mismo acto creador de Dios nos puede conducir a comprendernos a nosotros mismos. Es en la mirada de Dios sobre nosotros donde alcanzamos nuestra verdadera comprensión, donde nos encontrarnos con nuestra verdad: "en la mirada y la mano de Dios es donde te haces dueño de ti mismo"(Una ética para nuestro tiempo, 264).

Comprender por lo tanto es imitar la mirada de Dios sobre el hombre. Una mirada que contiene lo que uno es y lo que está llamado a ser: "Hemos de aprender del gozo que tiene Dios en cada hombre; de la generosidad con que él le pone en su libertad: de su pura comprensión, que no sigue al ser de las cosas, sino que lo fundamenta, pues él nos ha dado ser su imagen y semejanza" (Una ética para nuestro tiempo, 264). Dos ejemplos para terminar: la amistad y el matrimonio.

"¿Cual sería el más puro cumplimiento de lo que significa la amistad? Que un amigo tuviera sobre el otro este sentir: en su mirada soy completamente el que soy. Su mirada no me estrecha: me hace lo que soy, no como reproche, sino que en ella es  donde empiezo a ser por completo yo mismo.
Sería matrimonio perfecto aquél en que la mujer pudiera tener el sentir de que en la mirada de su marido es donde alcanza su pleno ser; y, recíprocamente, que el marido se encontrase a sí mismo auténticamente en el saber de su mujer. Sí, cuando cada uno de ellos pudiera verse en la mirada del otro como el que ha de llegar a ser. No porque ahí la vanidad organice fantásticamente una compañía que nunca podría existir, sino porque el amor ve las posbilidades que todavía duermen en el otro" (Una ética para nuestro tiempo, 264-265).


lunes, 18 de marzo de 2013

Silencio, palabra y verdad en Romano Guardini

Nos hemos propuesto desde hace una par de semanas comentar algunas virtudes que aparecen en el volumen Una ética para nuestro tiempo. Y quizás una de las virtudes que  más necesita nuestro tiempo es el Silencio. De ella habla Guardini  en otros escritos, estoy pensando en  Ética. Lecciones en la universidad de Munich (BAC. Madrid, 2000, 180-186). En esas páginas nuestro autor concentra su atención en el hablar, con ocasión de ello toca también el tema del silencio. Claro que esto es inevitable,  no se puede tratar de lo uno si referirnos inmediatamente a lo otro, pues ambos constituyen un contraste, en el que se manifiesta la vida del hombre.

Desde el contraste vamos a analizar el silencio porque el silencio no se puede entender sin su polo opuesto, el hablar. El silencio sólo se puede dar en aquel ser que puede hablar. Los animales, emiten sonidos,  pero no hablan, por eso en ellos no existe el silencio. Hoy las máquinas también parecen hablar, aunque no es cierto. Por ello, en las máquinas tampoco existe el silencio. Esto nos hacer caer en la cuenta que el silencio no es ausencia de sonidos, "esto  por sí solo todavía no constituye silencio: también el animal está en condiciones de ello, y, aún mejor, la piedra" (Una ética para nuestro tiempo, 328-329).

También hay que decir que sólo puede hablar quien adecuadamente guarda silencio: "Sólo puede hablar con pleno sentido quien también puede callar; si no, desbarra. Callar adecuadamente sólo puede hacerlo quien también es capaz de hablar. de otro modo es mudo. En ambos misterios vive el hombre: su unidad expresa su ser." (Una ética para nuestro tiempo, 328-329). Quien conozca la teoría del contraste de nuestro autor, sabe que para que surja éste los dos polos deben estar vivos, no puede darse uno y predominar de tal modo que elimine el otro. Cuando sucede esto el contraste desaparece, y no desparece sólo en un polo sino ambos. Por eso nuestro mundo que ha eliminado el silencio ha matado también la palabra y lo que habitualmente escuchamos es su degeneración. No es una palabra vinculada a la verdad y que alimente la vida del hombre. Todo lo contrario, cuanto escuchamos hace que la existencia humana languidezca y se atrofie. "Entre el silencio y el hablar se desarrolla la vida del hombre en relación con la verdad" (Ética. Lecciones en la universidad de Munich, 182), escribirá Guardini. Por ello, es necesario recuperar el silencio para recuperar la palabra, porque de la tensión entre ambos se engendra la verdad.

 Una imagen propuesta por el mismo Guardini nos puede hacer ver la importancia del silencio: "Quien no sabe callar, hace con su vida lo mismo que quien sólo quisiera respirar para fuera y no para dentro. No tenemos más que imaginarlo y ya nos da angustia. Quien nunca calla echa a perder su humanidad." (Una ética para nuestro tiempo, 328).

Es necesario el silencio, pero ¿cuando hay que callar? Hay cosas que nunca deberían salir de nuestro interior. Experiencias personales que tienen su lugar natural en nuestro interior y a las que uno debe volver de vez en cuando porque en ellas encuentra ánimo, aliento, fuerza para seguir luchando. Hay realidades que necesitan ser contempladas en silencio pues generan ámbitos que sólo pueden percibirse en silencio. Guardini propone el ejemplo de una Iglesia. 

Sólo en el silencio se puede conocer. El estudio científico lo requiere, pero sobre todo lo exige el estudio filosófico de la realidad, es decir, el estudio que no se limita, por ejemplo, a diagnosticar el dolor y la enfermedad, sino aquel conocimiento que se pregunta sobre la esencia y el sentido de ese dolor en el contexto de los límites de la vida humana Las verdades que se alcanzan a partir de este conocimiento filosófico no se dan sino en el ámbito del silencio.

El silencio es necesario en el trato con los demás. Escribe Guardini: 
"El trato con las personas consiste en buena parte en que el uno dé al otro algo de sí: una actitud amistosa, una ayuda, un estar con él, hasta los modos de plena comunidad. Pero ¿puede dar algo de sí, cuando ni siquiera se tiene a sí mismo? Quien habla no se tiene realmente, pues continuamente se desvía de sí, y lo que da al otro, cuando debería ofrecerse él mismo, son meras palabras" (Una ética para nuestro tiempo, 332).
Y sólo en el silencio llego a Dios. Aquí nuestro autor se explaya pero yo voy a resumir cuanto dice en una sola idea que se repite a lo largo de libro Una ética para nuestro tiempo: en Dios se dan las virtudes o mejor dicho, Dios es la misma virtud. Pues bien, el hombre es imagen y semejanza de Dios y si la divinidad  es silencio y palabra, análogamente esto también se debe manifestar en el hombre. Para explicar esto Romano Guardini evoca dos conocidos pasajes. El primero es del libro de los Reyes (Re 19, 11-12). Elías busca a Dios en las fuerzas más violentas de la naturaleza y lo encuentra en la brisa ligera, en el silencio: "Así podríamos seguir reflexionando: la imagen de la vida de Dios resulta ser la infinita calma de un silencio que todo lo contiene" (Una ética para nuestro tiempo, 338). El segundo pasaje es el prólogo del Evangelio de Juan: "En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios.(...) A Dios nadie lo ha visto. El Hijo Único de Dios, que está en el seno del Padre nos lo ha manifestado." Ante estos pasajes comenta Guardini:
"La primera imagen, la del silencio y la sencillez sin ruido, y la segunda, la del nacimiento hablante de la comunidad en el amor abarcan el misterio de la vida de Dios y su sagrado señorío. Pero ¡qué misterio hay también en el hombre, en que, por voluntad de Dios, se refleja su gloria prístina! Y ¡qué deber conservarlo en su pureza invulnerada!" (Una ética para nuestro tiempo, 339).



lunes, 11 de marzo de 2013

Paciencia

"Un mito indio cuenta de Shiva, el formador del universo, que creó el mundo en una tormenta de entusiasmo, pero luego se hartó de él, lo pisoteó despedazándolo y produjo uno nuevo. Con éste pasó lo mismo, y la producción y la destrucción prosiguen interminablemente.¡Qué elocuente resulta la imagen de numen de la impaciencia! Nos hace darnos cuenta de qué diferente es la relación del verdadero Dios con el mundo" (Una ética para nuestro tiempo, Ediciones Cristiandad, Madrid, 2002, 155).
Cuando Guardini aborda la virtud de la paciencia habla primeramente de Dios y su historia con el mundo y con los hombres. No hay mejor ejemplo para explicar y evidenciar qué es la paciencia. Pero tras esta introducción, Guardini concreta la paciencia en la persona humana, que al ser imagen y semejanza de Dios, debe de algún modo imitarlo. Evocando al Génesis, escribe: "En sus manos ha puesto el mundo, el mundo de las cosas, de las personas y de la propia vida. Debe hacer de él lo que espera Dios, incluso ahora, cuando la cizaña lo ha invadido todo. La paciencia es la condición necesaria para que pueda crecer el trigo" (Una ética para nuestro tiempo, 157). La paciencia es la condición necesaria para que Dios se haga presente en el mundo y en nuestra vida. Es la condición necesaria para que el Espíritu Santo transforme nuestra persona en imagen viva de Cristo, para que se pueda dar algún día ese ya no soy quien vivo sino Cristo quien vive en mí del que habla Pablo. En su ensayo Quien sabe de Dios conoce al hombre (PPC, Madrid, 1995), escribe Guardini: 
"Lo que es el hombre, si logra una auténtica imagen, se manifestará al final, tras la resurrección y el juicio. Entretanto queda la lucha en la oscuridad, el devenir en permanente contradicción. Y realmente así es: el cristiano ha de creer en su propio ser cristiano. En su peculiaridad contra el enorme poder de lo inauténtico. Podría incluso decirse que en la confesión de fe falta un artículo: Creo en el hombre, que se formará según la imagen de Cristo; creo que Él está en mí, a pesar de todo, y que a pesar de todo, madura en mí" (Quien sabe de Dios conoce al hombre, 168). 
Lo anterior sólo es posible si está viva y operante en el hombre la paciencia. 

A partir de esta introducción que sienta las bases y el fundamento de la virtud humana y cristiana de la paciencia, Guardini comenta cómo puede darse ésta en los diversos ámbitos de la vida personal. El primero de ellos es el de la aceptación del propio destino, de la suerte que le ha tocado vivir a cada uno. Quien está en conflicto permanente con su existencia y las circunstancias que le ha tocado vivir no es paciente. "(...) La madurez del hombre empieza al aceptar lo que es. Sólo de ahí le llega la fuerza para cambiarlo todo. (Una ética para nuestro tiempo, 159)".  

El segundo ámbito donde Guardini aterriza la paciencia es el de uno mismo. Tener paciencia con uno mismo. "Es duro deber seguir siendo quien se es; es humillante tener que sentir siempre los mismos defectos, mezquindades, debilidades. El hastío de sí mismo ¡cuántas veces ha invadido precisamente a los mayores espíritus!" (Una ética para nuestro tiempo, 159-160). El camino de la superación y de la transformación moral es largo y penoso. No se cambia en un día ni en dos. Y esto porque aunque nuestra inteligencia reconozca el bien y nuestra voluntad quiera ponerlo por obra, nuestra persona vuelve a actuar en contra de ello y se ve obligada a empezar una y otra vez de nuevo. Empezar de nuevo, subraya Guardini, es una paradoja, pues cuando empiezo dejo el inicio y prosigo más adelante. Sin embargo, en el ámbito de lo vivo no. "En lo vivo el empezar es un elemento que constantemente ha de hacerse operante. Nada va adelante sino empieza a la vez." (Una ética para nuestro tiempo, 162). De este modo, "Quien quiera adelantar, pues, debe empezar siempre de nuevo. Siempre debe sumergirse en el origen interior de lo vivo y elevarse desde él en nueva libertad, en iniciativa, en potencia iniciadora, para hacer real lo antes pensado: la prudencia, la mesura, la superación de sí mismo y todo lo que haya de llegar a ser" (Una ética para nuestro tiempo, 162).

Guardini habla también de la paciencia con los que nos rodean y no olvida referirse al ámbito de la educación. No sólo debe adquirirse en relación a la propia vida y existencia, sino también en la gestión de las vidas que nos han sido confiadas.  

"También sólo en la mano de la paciencia prospera la persona que nos está confiada. Un padre, una madre que no tienen paciencia en ese sentido nunca harán más que daño a sus hijos. El educador que no toma con paciencia a los que se le confían les asustará y les quitará la sinceridad. Dondequiera que se nos pone vida en las manos, el trabjo en ella sólo puede prosperar si lo hacemos con esa fuerza profunda y silenciosa." (Una ética para nuestro tiempo, 164).

La fuerza y el amor hacen parte necesaria de la paciencia. El que quiere ser paciente debe de ser fuerte como también debe amar la vida y asumir las condiciones necesarias para que está se despliegue paulatinamiente a lo largo del tiempo.

Tan solo nos queda definir la paciencia en palabras de Guardini. Por eso, para concluir, dejo un texto que bien podría pasar como definición de la paciencia y en el que aparece una vez más el contraste con el que Guardini siempre ha querido definir e interpretar lo vivo: 
"La paciencia viva es la persona entera, que está en tensión entre lo querría tener y lo que tiene; lo que habría de hacer y lo que es capaz de hacer; lo que desea ser y lo que realmente es. El soportar esa tensión, el concentraserse siempre de nuevo en la posibilidad de cada hora, eso es la paciencia. Así, se puede decir que la paciencia es la persona en devenir que se entiende adecuadamente."(Una ética para nuestro tiempo, 164).

lunes, 19 de noviembre de 2012

La autoridad

Debería hablar esta semana de algunos libros sobre la biografía o la obra de Romano Guardini. Pero voy a aparcar esa tarea porque hoy he tratado con mis alumnos del tema de la autoridad y hemos descubierto cosas que no puedo dejar de comentar. Guardini habla de la autoridad en innumerables ocasiones. Yo me voy a centrar en lo que aparece en  un libro tantísimas veces citado en este blog: Ética. Lecciones en la Universidad de Munich (BAC, Madrid, 2000, 357-381). Demasiado extenso sería resumir su contenido en la entrada de un blog. Así pues selecciono algunas ideas que me han parecido especialmente interesantes.

1. La autoridad

La autoridad es la obligación moral o ética que percibimos al recibir una orden o mandato de alguien. Y nos obliga moralmente por la misma naturaleza de la orden que es conforme al bien como por la persona de la que emana esa orden, por ejemplo, nuestros padres.  La cuestión aquí es ¿en qué se funda esa obligación? en otras palabras ¿por qué experimento esa obligación? Guardini rechaza diversas opciones bastante razonables pero a su juicio inexactas. Por ejemplo, porque lo mandado es razonable o conforme a mi opinión; porque quien me lo pide tiene cierta ascendencia psicológica, personal, carismática sobre mí (padre, maestro, etc). Estos elementos de carácter psíquico influyen en la obediencia a aquel mandato, pero en ellos no se asienta la obligación de realizarlo. ¿De dónde pues nace esa autoridad? Nuestro autor habla de que en el caso de la autoridad se da una unión entre la persona y el sentido ético que de manera natural ella comporta y el carácter ético de la norma o mandato que recibo.Con palabras de Guardini:
"Precisamente esto es lo que quiere decir el concepto de autoridad: el hecho de que en determinadas relaciones de la vida en común la realidad concreta de una persona y el sentido ético de lo que ella representan forman un verdadera y propia unidad." (Ética. Lecciones en la Universidad de Munich,  366-367).
 Cuando hablamos de autoridad es muy importante el carácter ético del mandato que recibimos. Si este mandato va en contra de la norma moral la obligatoriedad desaparece, se debilita, pierde vigencia. "Mejor dicho: mientras siga teniendo legimitimidad, permanece también su autoridad (en nuestro caso, el padre sigue siendo padre), pero esta autoridad ya no convence, sino que sólo exige. Y entonces su reconocimiento por parte de los destinatarios representa una gran esfuerzo. (Ética. Lecciones en la Universidad de Munich,  367)."

Pero cuando hablamos de autoridad es esencial y clave la persona de quien emana la norma o mandato pues ella hace parte del sentido ético de ese mandato o norma, hace parte esencial de la obligatoriedad que nace de la misma: "(...) Cuando se habla la verdadera autoridad, la persona de quien la ostenta es un elemento del entramado de sentido mismo. (...) Esto es autoridad: la unión radical del sentido ético y de la realidad concreta que anuncia dicho sentido" (Ética. Lecciones en la Universidad de Munich,  367). De ahí que no es lo mismo que un profesor nos diga que aquí hay una norma ética y debiéramos cumplirla que esto mismo lo recibamos de nuestro padre. La autoridad en sentido propio se da en la partenidad.

Prescindiendo de lo religioso Guardini afirma que en sentido propio las formas originarias de autoridad son los padres y el Estado. 
"Pero existen también una serie de formas intermedias. Tienen un carácer de autoridad delegada para hacer frente a determinadas tareas. La autoridad originaria, tanto la de los padres como la del Estado, se orienta a la vida dentro del campo respectivo; tienen algo de creativo y, gracias al carácter primigenio de su poder, procuran el orden obligando. En cambio, las formas intermedias de las que hablamos están limitadas: el profesor, a la escuela; el maestro de taller, a la fábrica, etc. (Ética. Lecciones en la Universidad de Munich,  368-369)."
2. Fundamento de la autoridad

La autoridad no puede fundarse en la persona que la ostenta. De algún modo ella está también obligada a la norma ética, de modo que el bien la trasciende. En sus formas más originarias la autoridad encuentra sus raíces en el ámbito religioso. Es decir "(...) la verdadera autoridad es Dios mismo. Él es el ser absoluto. Él es independiente de todo lo que no es Él. No tiene necesidad de ninguna cosa ni del conjunto de las cosas, del mundo. Tiene consistencia en sí mismo y se basta a sí mismo". (Ética. Lecciones en la Universidad de Munich,  372).

Quienes critican la dimensión religiosa lo hacen muchas veces alegando un estado de inmadurez, sea en el desarrollo del propio individuo o de la historia misma de la humanidad. Lo religioso pertenecería al mundo de la infancia o a pueblos primitivos. Del mismo modo, 
"(...) el rechazo a la autoridad como instancia ética, sea instintivo o racional, presupone la convicción de que la autoridad y la obediencia son formas de conducta ética primitivas, con un sentido puramente pedagógico y un lugar mientras el hombre no es independiente. El niño debe obedecer porque su espíritu es todavía incapaz de juzgar y su facultad de decidir aún no está a la altura de la realidad, pero en cuanto llega la madurez esto se acaba. Lo mismo vale para el hombre en general:  conforme crece a lo largo de la historia, la autoridad retrocede."(Ética. Lecciones en la Universidad de Munich,  375).
Para Guardini esto es falso. La autoridad es una experiencia ética originaria y por lo tanto propia de la existencia humana. La experiencia ética del hombre no es la de encontrarse con la norma ética de modo abstracto y frío que nos impera su cumplimiento obligatorio. Normalmente la recibimos de una autoridad que nos invita y ayuda y se compromete con nosotros en la tarea de realizarla. La ética no es cumplimiento de normas, es la obediencia a las mismas y la obediencia supone respuesta y la respuesta implica llamada y la llamada alguien que llama.
 "¿Qué significa esto desde la perspectiva de la vida? Que yo nunca me encuentro solo con la norma. Siempre está por medio el Dios vivo. Más exactamente: si Él me obliga, Él se hace por así decirlo, responsable de esa obligatoriedad, Él está implicado en la realización ética. Consiguientemente, él nos garantiza que dicha relación tiene el sentido que pretende y también que es posible realizarlo."(Ética. Lecciones en la Universidad de Munich,  376).
Obedecer por lo tanto es un encuentro no con una norma abstracta sino con la realidad personal de Dios. Y en cuanto encuentro personal puede darse el amor. Éste surge en una experiencia ética originaria. Esto se entiende mejor si trasladamos este esquema al mundo de la familia:
 "También aquí comineza -no; está ya- el amor. Al ejercer su autoridad desde el respeto a la libertad del hijo, y al mismo tiempo desde su responsabilidad sobre él, los padres entran en comunión ético personal con él, en la responsabilidad del yo paterno para el tú filial. Pero al hacerlo, los padres, a su vez, obedecen a Dios, que le exige que asumen el derecho y el deber, la soberanía y la carga de la autoridad. Al hacerlo ellos así, Dios mismo se implica en la relación, y en todo este entramando de mando y obediencia opera la relación con la autoridad absoluta. Esto significa la frase de que los 'padres representan a Dios'. (Ética. Lecciones en la Universidad de Munich,  377).