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miércoles, 18 de febrero de 2015

El nacimiento de la Iglesia

Siguiendo la lectura y comentario de la Iglesia del Señor (San Pablo, Buenos Aires, 2010), hoy me detengo en el capítulo titulado El nacimiento de la Iglesia. En él hay una idea que he encontrado en otras obras de Guardini, concretamente en La existencia del cristiano (BAC, Madrid, 1997), que me ha llamado poderosamente la atención y que tiene que ver por un lado con el nacimiento de la Iglesia y por otro con la esencia del cristiano. 

Se trata de aquello que aconteció justo después del fenómeno de Pentecostés, que viene narrado en el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles. La primera predicación de Pedro revela una profunda transformación. Hay un antes y un después. ¿Qué es lo que había? ¿Qué es lo que hay ahora? Guardini responde muy bien a estos interrogantes. Ante todo hay una nueva relación con Cristo.  Los apóstoles durante la predicación y vida terrena de Jesús no entendieron al Señor de manera profunda y completa como lo exigía su mensaje. Dice Guardini, "se acercan a Él desde una distancia; desde una lejanía de su manera de pensar y de su cosmovisión veterotestamentarios" (Iglesia del Señor, 125). En otros textos Guardini es más radical. Por ejemplo en este: 
"Durante la vida de Jesús, los discípulos no le comprendieron. (...) Vivieron con Él en una comunidad de vida semejante a la que tenía el discípulo antiguo con su maestro y que era mucho más estrecha que la de la familia; de ahí se sigue lo que a quienes vivimos más tarde nos parece una prerrogativa nada despreciable: vieron la expresión de su rostro y el carácter de sus ademanes, y sintieron la irradiación de su personalidad. Tuvieron, pues, la posibilidad de experimentar quien era Él, su inimitable identidad, y, sin embargo, no le comprendieron. Los signos de tal incomprensión se imponen continuamente al lector atento, a lo largo de los relatos evangélicos, hasta llegar a pasajes en los cuales la estrechez y lo absurdo de la manera de concebir de los discípulos aboca a lo grotesco, y Jesús mismo, como en un arranque de desesperación, les dice: ‘¿Hasta cuando voy a tener que aguantaros?’ (Mt 16, 5). Además de esto, las mezquindades que hay entre ellos, las luchas por la primacía y la estrechez de corazón para con los demás muestran qué poco comprenden de lo que en realidad se trata.”(La existencia del cristiano, 354).
    También en El Señor se escribe algo parecido:
“Es, en cierto modo, una tortura ver a Jesús entre ellos. No entienden, se paran en nimiedades, tienen celos unos de otros, se dan demasiada importancia; pero cuando llega la hora de la verdad, flaquean.” (El Señor, Cristiandad, Madrid, 2002, 140).
Pentecostés por Kiko Arguello
Guardini concluye que los discípulos antes de Pentecostés se encuentra frente al Señor. Y precisamente esto es lo que cambia con la llegada del Espíritu Santo. En las palabras de Pedro intuimos que no se habla del Señor, sino que habla desde el Señor. Pedro no habla de Jesús, sino que habla desde Jesús, porque Jesús está en él. Guardini escribe en la obra que venimos comentado desde hace unas semanas: "Pero luego que el Espíritu ha descendido sobre ellos, se ha efectuado una misteriosa 'modificación del lugar'. Ahora ellos hablan desde él. Ya no está  'frente a' ellos: está 'en ellos'" (Iglesia del Señor, 126). A esto es a lo Guardini llamará interioridad cristiana que ya hemos analizado aquí y por eso no me detengo más. Simplemente recordar que San Pablo es para Guardini el modelo y ejemplo de esta interioridad y a su expresión de Gálatas "ya no soy yo quien vivo es Cristo quien vive en mí" recurrirá nuestro autor con frecuencia. Y recordar también que ello consiste el ser cristiano, su esencia y núcleo: Cristo vive en mí y yo vivo en Él. 

Para Guardini en este acontecimiento de Pentecostés nacerá la Iglesia. Ésta no ha sido fundada al modo humano, no es una institución social, cultural, meramente humana e histórica. Es un ser vivo surgido del acontecimiento de Pentecostés. Escribe Guardini: 
 "(...) en Pentecostés, nacerá la Iglesia. Ésta no es una institución sabia y poderosa, sino un ser vivo; surgida de un acontecimiento -Pentecostés- que es, a la vez, divino y humano. Ella vive a través del tiempo; floreciente, como todo lo viviente; transformándose, como se transforma todo lo histórico en su tiempo y destino, y, sin embargo, en esencia, sigue siendo siempre la misma, cuyo centro más profundo es Cristo" (Iglesia del Señor, 125).
Cambiando de tema, pero contenido en este mismo capítulo, Guardini hablará de la autoridad de la Iglesia. De ella también hemos escrito algo en este blog. Por alargar esta entrada no abordamos este interesante tema aparcándolo para otra ocasión.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

Cuidar el corazón

El Señor (Ediciones Cristiandad, Madrid, 2002) inaugura su segunda parte con una meditación titulada La plenitud de la justicia. Allí, Guardini intenta comentar esas palabras de Nuestro Señor que comienzan "Os han enseñado que se mandó a los antiguos (...) Pero yo os digo (....) ". Realmente interesante es comprobar que Jesús en este contraste  no acaba con la ley ni se opone a los antiguos, sino que profundiza en el espíritu de la norma conduciéndola a su plenitud. En este contexto Guardini subraya la importancia de la interioridad, pues donde el hombre debe poner su atención no es tanto en la acción misma (robar, matar, etc.) sino en su origen, es decir,  allí donde se concibe, se gesta y nace la acción: el corazón. Ser cristiano, por ello, no consiste en vivir una ética, es decir, en el cumplimiento de normas. Ser cristiano es una llamada a participar de una nueva vida que transforma el corazón, cuyo germen ha puesto Dios en nuestra alma mediante el Bautismo y que está llamada a crecer y desarrollarse con su ayuda y gracia. 

Desde esta perspectiva, y siempre comentando las palabras del Señor, Guardini nos hace ver la pobreza de la máxima "ojo por ojo, diente por diente". Frente a la justicia legal Jesús propone el amor. Escribe Guardini: "Cristo dice: Eso no basta. Mientras te atengas sólo a una justa correspondencia, no saldrás de la injusticia. (...) Tan pronto como uno comienza a defenderse de la injusticia, despierta el odio en el propio corazón, y el resultado es una nueva injusticia" (El Señor, 118). Hay una fuerza que rompe con esta dialéctica, que dejando atrás la norma y la ley escrita conduce al hombre a un nuevo orden. Se trata del auténtico amor que libera al hombre. Si al odio se responde con odio y al amor con amor, todavía no somos libres. Sin embargo, si al odio respondemos con amor hemos conquistado la verdadera libertad. "Sólo entonces -escribe Guardini- se despierta el verdadero amor. Éste ya no depende de la actitud del otro; por eso es libre para la pura realización de su esencia. Está más allá de las tensiones de la justicia. Es capaz de amor incluso cuando el otro le da, aparentemente, derecho a odiar" (El Señor, 119). Es entonces cuando se da algo paradógico, pues en este amor y en el corazón de donde surge tiene su inicio la plenitud de la justicia: "El verdadero amor enseña a entender quien es el otro en lo más íntimo de su persona, en qué consiste su injusticia, hasta qué punto ésta quizá no es injusticia, en su sentido más profundo, sino herencia, fatalidad, miseria humana" (El Señor, 120). Desde el amor alcanzamos la verdadera justicia para con el otro.

Guardini también se detiene en la insuficiencia de la norma "No cometerás adulterio". Jesús nos dice que todo el que mira a una mujer deseándola ya ha cometido con ella adulterio. A Guardini todo ello le sirve para  subrayar la importancia  del corazón: "La acción tiene sus preparativos; y es que, en último término, procede de la intención del corazón y se trasmite por la palabra, por el gesto, y por la actitud" (El Señor, 121). No hay que poner la voluntad en no traspasar la norma o en evitar una acción. Se trata más bien de ir al origen de esa acción, el corazón, y trabajar para que de él surja lo bueno, lo bello y lo verdadero. "No cabe duda que la actitud del corazón es, en sí misma, mucho más importante que lo que hace la mano, aún cuando aparentemente eso tenga más repercusión. (...) El primer consentimiento o rechazo, el primer sí o no a la pasión, es lo decisivo. Ahí es donde tienes que intervenir" (El Señor, 121).

En resumen, la norma ordena exteriormente al hombre, el amor lo transforma interiormente. El evangelio no es un libro del que emanen leyes sino el anuncio de una nueva vida que nos trae Cristo. El cristianismo no se reduce a máximas sino que supone una conversión existencial por la gracia de Dios. La clave está no tanto en obedecer leyes sino en entregar el corazón a DIOS

lunes, 16 de diciembre de 2013

Romano Guardini y la altura cristiana


Nadie niega que la realidad personal viene caracterizada por una interioridad. El rostro humano primordialmente, pero también el resto del cuerpo, manifiesta un mundo interior propio y específico que nos caracteriza y especifica como individuos. Esa interioridad es el ámbito donde habita nuestro yo. Pero Guardini añade a la interioridad otra categoría: la altura. ¿En qué consiste?

Como en la interioridad podemos distinguir en la altura diversos estratos. Los recorreremos someramente hasta alcanzar aquel específicamente personal. La cima de una montaña, la grandiosidad de un templo, las dimensiones de un edificio evocan en su contemplación una experiencia que transpasa la esfera meramente espacial. Estas realidades inciden en el ánimo provocando cierta experiencia estética y axiológica que las colocan por encima de otras realidades. Aquí encontramos un primer sentido de la altura humana. Dejando el ámbito físico también se puede hablar también de un pensamiento elevado (que debemos distinguir de su profundidad o desarrollo) en cuanto que está unido a lo noble y a lo puro, y su realización vital exige un ímpetu y esfuerzo especial. Este segundo nivel de la altura humana nos conduce a un tercero, el de los valores. Estos poseen en sí mismo una jerarquía natural que los sitúa a unos encima de otros. Así escribe Guardini :"Un verdadero orden de valores y se su realización no puede representarse más que apelando al esquema de una gradación de altura. (...) El hecho de que un valor, en tanto que valor, es superior a otro se expresa como una diferencia de altura, de igual manera que se expresa también como una aspiración hacia lo alto el esfuerzo por alcanzar valores mejores y por realizar mejor los valores confiados a uno" (Mundo y persona, Encuentro, Madrid, 2000, 52). En los ámbitos de la acción  también encontramos un cuarto nivel en relación a la altura humana, y así la creación artística, la búsqueda de la verdad se encuentran por encima de la acción meramente útil o pragmática. Un quinto estrato nos los revela la consideración del lugar del hombre en el cosmos  que nos hace ver que "El hombre más bajo se halla esencialmente por encima del animal más elevado" (Mundo y persona, 53). Por último, entre los hombres también hay alturas:  "Así también es evidente que los hombres no son todos iguales, sino que se encuentran en una gradación infinita hacia la altura. Reconocer al hombre elevado, honrarle y saber alegrarse de su pureza es, de otro lado, a la vez, casi tanto como ser uno mismo un hombre elevado" (Mundo y persona, 53). Y es precisamente la realización de los valores más elevados y de las acciones más altas las que elevan a los hombres a unos sobre los otros y donde se encuentra la altura específicamente personal.

Ahora bien, como en la interioridad ¿se puede hablar de una altura cristiana? Sí. Esa altura es Cristo que ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre. Guardini escribe: "La altura cristiana no existe simplemente, ni como grado en la estratificación de la realidad, ni como momento en la ordenación de los valores, ni como lugar objetivo, anímico o metafísico hacia el que Cristo vaya. Esta altura pende, más bien, de Cristo. El arriba está allí donde Él está. Él mismo es la altura "(Mundo y persona, 54). Desde esta altura, desde Cristo, se pueden ordenar las otras formas naturales de altura, de tal modo, que toda la persona queda finalmente orientada hacia Cristo.
 "Una vez puesto ello en claro, se verá con toda claridad que la estratificación de la altura cristiana, su realización en el pensamiento, valoraciones y aspiraciones, sus efectos en la estructura de la personalidad orientada hacia ella, ponen a su servicio todas aquellas formas naturales de altura de las que hablabamos anteriormente. Sería imposible, en efecto, que la altura pneumática aprenhendida en la fe no se manifestase en la realidad concreta del hombre, haciendo desplegar todas las relaciones corporales, sentimentales, espirituales de éste con las alturas naturales" (Mundo y persona, 55).
Con este comentario terminamos la serie de entradas que hemos dedicado a aclarar los llamados polos del espacio existencial, es decir, el espacio o el ámbito en el que se mueve la persona humana.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La interioridad personal y la interioridad cristiana

¿Qué queremos decir cuando hablamos de la interioridad personal? No nos referimos a ese primer nivel de interioridad y exterioridad que se encuentra radicado en nuestro cuerpo. Hay órganos internos al cuerpo y hay un figura exterior del mismo. Tampoco queremos significar con interioridad todos los fenómenos psíquicos que experimentamos interiormente, como el dolor físico, y aunque manifestamos su presencia con quejidos o gritos siempre quedan delimitados a la propia subjetividad. Nos acercamos al significado del término interioridad personal cuando un individuo se enfada o se alegra ante un acontecimiento o el encuentro de una persona. Aquí nos movemos todavía en el ámbitos de los afectos y apetitos sensibles. Cólera, placer y alegría son fenómenos interiores pero no consitituyen específcamente la interioridad que nos interesa resaltar. La interioridad personal, en sentido estricto, es el centro desde el que se determinan espiritualmente los actos de la persona en cuanto persona. Es el lugar de la decisión de un acto y el lugar donde se abraza el valor que en ese acto se realiza. Así si decido conscientemente ayudar a alguien, no solo decido realizar una acción, además opto por los valores de la solidaridad, la generosidad, el altruismo que ese acto conlleva. Puede ser que los actos impliquen la realización del mal, como cuando robo algo, exploto laboralmente a alguien, lo difamo o le insulto. Todo depende de hacia donde se incline interiormente la persona. Cuanto hemos dicho viene reseñado por Guardini, de modo más extenso y claro en las páginas 43, 44 y 45 de Mundo y persona (Encuentro, Madrid, 2000). Se podría resumir así: 
"(...) Ha quedado claro que la existencia del hombre está construida desde el interior, o bien, como también podría decirse, hacia el interior. Por doquiera, sea en la estratificación de las distintas zonas existenciales, sea dentro de cada una de éstas, la dimensión de la intrioridad aparece siempre en la existencia humana." (Mundo y persona, 45). 
 Dicho esto podríamos pensar que hemos agotado los niveles de interioridad en la persona. No podemos profundizar más en ella en cuanto persona. Pero Guardini introduce en su discurso una nueva interioridad: la interioridad cristiana. Y una nueva cuestión: ¿Esta interioridad personal es la misma de la que habla San Pablo cuando dice que Cristo vive en el creyente o cuando Jesús habla de que el Reino está dentro de nosotros? Es cierto que el cristianismo ha fomentado de algún mundo el cultivo de la interioridad espiritual de la persona. Ha promovido la reflexión, la contemplación y la consideración de los valores éticos, etc. Pero a juicio de Guardini a esto no se le puede llamar interioridad cristiana. "La interioridad a la que Jesús se refiere no procede en absoluto del hombre, sino de Dios" (Mundo y persona, 45). No se trata de explotar o desarrollar las posibilidades espirituales del hombre. Se trata de que Dios actúa en el hombre, de que Dios transforma al hombre interiormente. 
"La interiordad cristiana pende de Dios y sólo puede ser recibida de él. Cuando Dios, empero, la da se realiza en el ser anímico-corporal, y ello significa, a la vez, también, un espaciarse del hombre concreto, un robustecimiento e interiorización de los actos y estados, un ascenso del mundo interior, por virtud de todo lo cual el hombre llega a ser, en absoluto, lo que el Creador ha querido." (Mundo y persona, 47).
Aún debemos añadir algún elemento más.  Porque hay que decir que aquello que Dios da al creyente, ese don que recibe, es la misma vida de Dios, es decir, la interioridad divina. Cita Guardini así a Juan 14, 23, "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él". En conclusión:
"Aquí está el hombre, una criatura, un trozo de mundo; en él, empero, se alza el Dios vivo. Dios, empero, no es mundo, no es criatura; Dios es Dios y vive en su propia interioridad. Y, sin embargo, hace donación al hombre para que participe en esa interioridad. No desde algo propio y como algo propio del hombre, sino desde la gracia y como la gracia. Cuando el hombre con fe, con amor , con esperanza, entra en esta relación, despierta en él una vida que no procede de él mismo. Y sin embargo, el hombre se realiza en ella, convirtiéndose así en el hombre que su creador ha pensado." (Mundo y persona, 48).
 Hemos tratado en este blog el tema de la interioridad cristiana pero no desde las páginas de Mundo y persona y desde la perspectiva de los polos de la existencia personal.  Creo que lo dicho completa cuanto aparece en otras entradas de este blog. Nos queda por abordar la cuestión de la altura cristiana de la que hablaremos la semana que viene.

lunes, 18 de noviembre de 2013

La interioridad y la altura: desde dentro y hacia arriba

Hay un fenómeno en relación a este blog que desde hace tiempo quería comentar. Quien se haya lanzado a la aventura de dar origen y sobre todo mantener vivo un blog sabe que en todo momento podrá tener acceso al número de visitas y el lugar de procedencia. De España y de Argentina son la mayoría de los lectores de este blog. También podemos saber cuáles son las entradas más leídas como otros datos de carácter estadístico: visitas semanales, mensuales, etc. Ahora bien, nunca sabemos, a menos que se deje un comentario quien visita el blog. Alguna vez he recibido un felicitación o un comentario, pero en general son escasos e inusuales. Nadie piense que estoy reclamando comentarios. Todo cuanto he contado viene a cuento porque el tema del que quiero tratar hoy tiene origen en uno de esos escasos comentarios o contactos esporádicos con uno de los lectores del blog. Por cierto, estoy abierto a publicar también comentarios de otros autores si quieren enviarme sus reflexiones. 

Una de las ideas claves de la antropología cristiana de Guardini es la interioridad. De ella hemos hablado aquí en varias ocasiones. Pero gracias a las preguntas de una de las lectoras del blog he caído en la cuenta de la importancia de la altura como categoría correlativa sin la cual no se puede entender la interioridad. Para quienes deseen profundizar en el tema las páginas claves se encuentran en Mundo y persona, Encuentro, Madrid, 2000, 38-59. Allí se habla de la interioridad desde un punto de vista humano y posteriormente de la interioridad cristiana. Y lo mismo se dice en relación a la altura. Espero en las próximas semanas profundizar en estas dos categorías. Hoy, a modo de introducción, me limito a citar un texto que complete cuanto aquí ha aparecido sobre la interioridad de modo que altura e interioridad, el desde dentro y hacia arriba que constituye la vida cristiana queden finalmente esclarecidos: 
"Hemos definido la interioridad cristiana como aquel lugar 'en' el creyente donde Cristo está; de modo análogo, decimos ahora, que la altura cristiana es aquel lugar donde Cristo está sobre el creyente . 'Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra'. Col. 3, 1-2" (Mundo y persona, 54).
Es interesante referir, y con ello terminamos, que en Cristo según nuestro autor ambos polos se hacen uno. En la medida que la existencia meramente humana (como veremos en próximas semanas) y por ende también cristiana, se manifiesta en ambas categorías, Cristo está también presente en ellas. "El dentro como el arriba son la misma y una apoteosis, desde la cual Cristo se acerca al mundo"  (Mundo y persona, 59).





lunes, 9 de julio de 2012

La interioridad cristiana

Uno de los conceptos que más me han llamado la atención dentro de la antropología cristiana de Romano Guardini es el de "la interioridad cristiana". Para entender lo que es, lo que implica y las repercusiones que tiene en el pensamiento de Guardini, debemos remontarnos a otros de los ejes claves de su obra: la persona y la existencia cristiana. ¿Qué caracteriza la existencia cristiana? ¿En qué consiste la persona cristiana? Precisamente en que en ella se da la interioridad cristiana que tiene su inicio en Pentecostés. En los evangelios los apóstoles se encuentran frente a Jesús. Después del evento de Pentecostés hablan desde Jesús
“Si comparamos la manera como se comportan los apóstoles después de la irrupción del Espíritu, cómo hacen frente a la muchedumbre excitada –que sin duda era en buena parte la misma que influyeron en el desarrollo del proceso contra Jesús-, advertimos un cambio total en la actitud, una ausencia de temor que anteriormente no se percibe. Cambia toda la forma de comportarse respecto a su maestro, y de verle y comprenderle. (...) En el ámbito de los Evangelios están frente a su Maestro; la persona que habla en la alocución de Pedro está íntimamente unida a Él. No habla a los oyentes acerca de Él, sino desde Él.”  (R. Guardini, La existencia del cristiano, BAC, Madrid, 1997, 355.)
Para nuestro autor San Pablo es el mensajero de la interioridad cristiana. Nadie como él la experimentó y habló de ella de manera decisiva. El texto al que acude constantemente Guardini es el de Gálatas 2, 20, “Ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí”:
“El primero en hablar de forma decisiva acerca de la interioridad cristiana fue San Pablo. Subraya continuamente como elemento característico el hecho de que Cristo ‘está en el creyente;’ y, asimismo, conocer respuesta, que el creyente ‘está en Cristo’; por ejemplo, cuando dice: ‘Ya no vivo yo (como ser subsistente en mí mismo), sino Cristo vive en mí (Gal. 2, 20).”  (R. Guardini, La existencia del cristiano, 359).
En esto consiste la interioridad cristiana, en que Cristo vive en el creyente y el creyente vive en Cristo. Esto toca ontológicamente a la persona dando lugar a la persona cristiana en la que la vida de Cristo configura su existencia. Vivir cristianamente es vivir en Cristo, manifestar a Cristo en nuestra vida. Guardini señala que este es el camino de la plena realización personal, en Cristo alcanzamos la plenitud de nuestro yo.
“Esto no significa que en la existencia cristiana sea anulado el «yo» humano y entre en su lugar Cristo; sino que, precisamente por vivir Cristo en mí –y sólo por eso- me hago yo realmente yo-mismo – aquel yo-mismo que Dios pensó al crearme- que con ello se despierta en mí la capacidad de poder ser verdadero principio, y decidirme por mí mismo y realizarme.”  (R. Guardini, Libertad, gracia y destino, Lumen, Buenos Aires, 1987, 70).
La interioridad cristiana, esa vida en Cristo, se nos da a modo de semilla que debemos cultivar y hacer crecer en colaboración con el Espíritu Santo. Es demasiado largo para una entrada de blog desarrollar esto, por eso remito a dos publicaciones personales donde precisamente hablamos a la luz de algunos textos de Guardini de cómo se desarrolla esa vida en nosotros a partir de la lucha entre el hombre nuevo y el hombre viejo. (R. Fayos, La figura de San Pablo en el pensamiento de Romano Guardini,  en “San Pablo y la apertura universal del Evangelio. Actas del XIV de Teología Histórica”, Valencia, junio 2010, 359-372; El concepto de persona en Romano Guardini¸ en “Espíritu”, LIX (2010), 301-319).

Quisiera terminar con un texto de Guardini, donde se nos invita a creer en ese hombre nuevo que Cristo está haciendo en nosotros a partir de la interioridad cristiana aunque a veces no lo experimentemos:
“(…) lo que es el hombre, si logra una auténtica imagen, se manifestará al final, tras la resurrección y el juicio. Entretanto queda la lucha en la oscuridad, el devenir en permanente contradicción. Y realmente así es: el cristiano ha de creer en su propio ser cristiano. En su peculiaridad contra el enorme poder de lo inauténtico. Podría incluso decirse que en la confesión de fe falta un artículo: Creo en el hombre, que se formará según la imagen de Cristo; creo que Él está en mí, a pesar de todo, y que, a pesar de todo, madura en mí.”  (R. Guardini, Quien sabe de Dios conoce al hombre, PPC, Madrid, 1995,)


BIBLIOGRAFÍA DE ROMANO GUARDINI SOBRE LA INTERIORIDAD CRISTIANA Y OTROS TEMAS RELACIONADOS  

La imagen de Jesús en el Nuevo Testamento, en Obras, Tomo III, Ediciones Cristiandad Madrid, 1981, 248-260. 
La existencia del cristiano, BAC, Madrid, 1997, 353-366. 
Mundo y persona, Encuentro, Madrid, 2000, 122-136. 
El Señor, Ediciones Cristiandad, Madrid, 2002, 539-572. 
Libertad, gracia y destino, Lumen, Buenos Aires, 1987, 63-93.